Los Vikingos: Primera Etapa y su Periodización

Drakkar

El término vikingr es un sustantivo masculino con el que se designa
a quien toma parte en una expedición viking. Adam de Brema (1er
tercio del siglo XI) escribió: «Ipsi vero pyratae, quos illi
wikingos apellant, nostri ascomanos». Adam da, a la vez, testimonio
del nombre con que se autodesignaban aquellas gentes que, a finales
del siglo VIII, aparecían ante las costas de unos pueblos capaces de
escribir su historia, y el juicio peyorativo con que les veían sus
víctimas. Se sabe que tales «piratas» son normannii, que, si bien
significa propiamente «normandos», «noruegos», se generalizaba
en «hombres del norte» por parte de unos cronistas que no
distinguían con demasiada claridad las tres nacionalidades de sus
asaltantes. Verdad es que la comunidad de lengua, apenas
diferenciada por rasgos dialectales aún, y su propensión a la mezcla
tampoco facilitaron la labor de los cronistas. Hoy resulta mucho más
clara la diferenciación de zonas de influencia, tipos de acción y
nacionalidad de origen y modo de vida de los jefes vikingos y sus
hombres.
Los vikingos aparecieron como un fenómeno nuevo y esencialmente
guerrero; en realidad, no eran ni lo uno ni lo otro. Tanto por las
vías fluviales rusas en el siglo V, como por las marítimas
occidentales en el siglo V, a los vikingos les habían precedido unos
hérulos de idéntico origen y método. Tanto en Inglaterra como en
Normandía, hacia el 500 los sajones habían precedido a los
escandinavos. Hacia el 520, ya se produce el primer ataque pirático
frustrado de un rey danés —Hugleikr— contra el reino franco; en el
574, una partida de daneses, sajones y jutos es rechazada en Frisia.
Con todo, es a finales del siglo VIII cuando la fuerza, frecuencia e
impacto de las campañas justifica el nombre de «era vikinga» para
los siglos IX-XI. Inglaterra es atacada por los noruegos entre el
786 y el 796. Los vikingos abordan Irlanda en el 796; la Galia en el
799. En el 800, los daneses se enfrentan militarmente a los francos
que acaban de someter Sajonia, junto a sus fronteras; a partir del
810, los combates terrestres se tornan razias marítimas. En el 816,
los suecos han acabado la exploración de las vías fluviales rusas,
surgen ante las murallas de Bizancio y son conocidos en todo el este
como «varegos», término quizás equivalente. (C. Boyer) al occidental
vikingr, pese a no predominar el aspecto de función guerrera sino la
mercantil en la rama oriental de la expansión escandinava.

Viking

A finales del siglo VIII en Occidente ha comenzado la primera fase
de la primera «era vikinga», una fase caracterizada por el puro
pillaje y devastación, las expediciones preferentemente «privadas» y
el deseo de la ganancia inmediata, que en el país de origen sólo
repercuten por la riqueza ostentatoria y la fama de algunos
individuos en el seno de unas sociedades patriarcales agrarias o
ganaderas. En los países nórdicos, la tierra se tiene por herencia;
la fama, la riqueza y el influjo y ascenso social se alcanzan en
tierras lejanas. Sólo un poco más tarde se establecerán colonias
agrarias y ganaderas (como Islandia, fundada el 860, o Groenlandia,
en el 981) o colonias estables mercantiles en Occidente (por
ejemplo, en Irlanda, 795 ó 841, o el Danelaw inglés).
En Frisia da comienzo una segunda fase hacia el 810. Expediciones
menos «privadas», más numerosas y organizadas, al chocar con
formaciones estatales más eficaces, venden su retirada a cambio de
un rescate, el Danegeld, «tributo de los daneses».
El valle del Sena sufrió la fase primera desde el 810; vive la
segunda a partir del 845, después de ser asaltada por primera vez
una ciudad el 841. Alcanza la tercera fase con el tratado de Saint-
Clair-sur-Epte el 911. Por él se otorga al vikingo noruego Rollón
(noruego Hrolfr, cristiano Robert) el dominio ducal de lo que sería
la Normandia del norte, en calidad de feudatario del rey francés
Carlos el Simple y con la obligación de defender la desembocadura
del Sena e impedir ulteriores penetraciones vikingas en el río. Con
Rollón, el bajo Sena, robado en primera fase, agostado y despoblado
por la segunda, entra en la tercera: asentamiento de nueva población
y explotación directa de las tierras y los hombres. Pese a ello, el
último gran Danegeld franco es del 926.
Si la segunda fase vikinga ya representa la entrada en circulación
de tesoros acumulados ociosos, la tercera aporta muy positivamente
una reorganización que, si no es novedosa, sí es renovadora y
vigorosa para amplios territorios. La segunda y la tercera fases
vikingas pueden considerarse beneficiosas para el país visitado,
para sus vecinos y para las tierras ancestrales de los temerarios
navegantes, a los que no siempre sonríe la fortuna en estos estadios.
Con el tratado del 911 se acaba el período trágico que había vivido
París. Fue incendiado por los vikingrs el 857, asediado otras veces
hasta culminar en los años 885-886 con el sitio que canta Abbón.
Pero con el ducado «normando» de Ruán no sólo se asegura la paz de
París; además nace un Estado duradero, de mayor éxito que el
esperado por los reyes francos. Siete fueron los Estados de
fundación vikinga en la zona danesa de influencia: Rüstringen (826 a
852), el territorio de Walcheren-Dorestad (841 a 885), Ruán (911 a
1204) y Nantes (927 a 937), en el continente y por concesión pactada
con la monarquía del país; York (876 a 954), «Cinco Burgos» (877 a
942) y Estanglia (877 a 917) en Inglaterra, regularizados por los
monarcas autónomos después de la fundación. Normandia, con capital
en Ruán, será el único que perdure, con auténtica soberanía y vigor,
durante siglos.

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