El Saqueo de Roma según Jordanes

Godo (significa hijo de Dios) viene del término GAUTI que es la
tribu que asimiló a las varias hordas que llegaron desde la isla
sueca de Gotland (principal ciudad Visby). Desde la actual Gotaland,
junto al lago Vetter, migraron en el 50 a.C. pasando a la isla de
Gotland (Gotlandia significa pais de los godos) y de allí a la zona
del Vístula. Godo es en definitiva un pueblo germánico de la
frontera del Danubio constituido en parte por hordas llegadas desde
la actual Suecia

Los visigodos (“Godos del Oeste” — alemán Westgoten o Visigoten—, en
comparación con los ostrogodo —alemán Ostgoten; compara el
paralelismo del nombre de Austria en alemán que es Österreich
o “reino del este”— o “Godos del Este”) fueron un pueblo germánico
que penetró en el Imperio Romanotardío. Los visigodos fueron la rama
occidental de los pueblos godos.

Alarico en Roma

SAQUEO DE ROMA SEGÚN JORDANES

Después que Teodosio, que amaba la paz y a la nación de los godos,
hubo muerto, sus hijos, por su vida fastuosa, arruinaron el uno y
otro imperio, y dejaron de pagar a sus auxiliares, es decir, a los
godos, los acostumbrados subsidios. Estos experimentaron rápidamente
hacia aquellos príncipes un disgusto que no hizo más que
acrecentarse; y, temiendo que su valor se perdiese en una paz tan
larga, eligieron por rey a Alarico. El era de la familia de los
Baltos, raza heroica, la segunda en nobleza después de los Amalos. Y
aquel nombre de Balto, que quiere decir “bravo”, le había sido dado
desde hacía largo tiempo por los suyos, a causa de su valentía e
intrepidez. Tan pronto como fue hecho rey, en consejo con los suyos,
Alarico los convenció de ir a conquistar reinos y no permanecer
ociosos bajo la dominación extranjera. Y, a la cabeza del ejército,
bajo el consulado de Estilicón y Aureliano, atravesó las dos
Panonias, dejando Firmium a su derecha, y entró en Italia, entonces
casi vacía de defensores. No encontrando ningún obstáculo, acampó
cerca del puente Condinianus, a tres millas de la ciudad regia de
Ravenna. Esta ciudad, entre las marismas, el mar y el Po, no es
accesible sino por un solo costado. Fue antaño habitada, según una
antigua tradición, por los Enetas, nombre que significa “digno de
elogio”. Situada en el seno del Imperio Romano, en la costa del mar
Jónico, está rodeada y como sumergida por las aguas. Tiene al
oriente el mar; y si, partiendo de Corcire y de Grecia, y tomando a
la derecha, se atraviesa directamente este mar, se pasa primero
delante del Epiro, enseguida delante de Dalmacia, Liburnia, Istria y
se ve florecer de su remo Venecia. Al Occidente está defendida por
pantanos, a través de los cuales se ha dejado un estrecho pasaje
como una especie de puerta. Está rodeada, al norte, por un brazo del
Po llamado canal de Ascon y, en fin, hacia el mediodía, por el Po
mismo, que se designa ahora con el nombre de Eridan, y que lleva,
sin rival, el nombre de rey de los ríos. Augusto rebajó su lecho y
lo hizo muy profundo; lleva a la ciudad la séptima parte de sus
aguas, y su desembocadura forma un puerto excelente, donde antaño,
según Dion, se podía estacionar, con toda comodidad, una flota de
doscientos cincuenta veleros. Hoy día, como dice Fabius, en el
antiguo lugar del puerto, se ven vastos jardines llenos de árboles,
de donde ya no penden velas sino frutos. La ciudad tiene tres
nombres que la glorifican, según los tres barrios en que se divide y
de los cuales se han tomado los nombres: el primero es Ravenna, el
último es Classis, y el del medio es Cesárea, entre Ravenna y el
mar. Construido sobre un terreno arenoso este último barrio es de un
acceso dulce y fácil, y cómodamente situado para los transportes.
Así, pues, cuando el ejército de los visigodos llegó a esta ciudad,
envió una delegación al emperador Honorio, que se encontraba
encerrado allí, para decirle que, o permitía a los godos habitar
pacíficamente en Italia, y entonces vivir con los romanos en paz, de
tal suerte que las dos naciones no parecieran más que una, o se
preparaba para la guerra, y que el más fuerte venciera al otro,
estableciéndose la paz tras la victoria. Aquellas dos proposiciones
horrorizaron a Honorio que, tomando el consejo del Senado, deliberó
sobre los medios para hacer salir a los godos de Italia. Se
determinó al final hacerles una donación, confirmada por un
rescripto imperial, de la Galia e Hispania, provincias alejadas que
por aquel entonces había casi perdido, y que asolaba Genserico, rey
de los vándalos, y autorizó a Alarico y su pueblo para adueñárselas,
si podían, como si siempre les hubieran pertenecido. Los godos
consintieron en este arreglo, y se pusieron en marcha hacia los
territorios que les habían sido concedidos. Pero cuando ellos se
hubieron retirado de Italia, donde no habían cometido daño alguno,
el patricio Estilicón, suegro del emperador Honorio (ya que este
príncipe desposó, una después de la otra, a sus dos hijas, María y
Termantia, que Dios llevó de este mundo castas y vírgenes),
Estilicón, digo, avanzó pérfidamente hasta Pollentia, ciudad situada
en los Alpes; y como los godos no desconfiaban de nada, cayó sobre
ellos, estallando una guerra que habría de llevar a la ruina de
Italia y a su propia deshonra. Este ataque imprevisto primero sembró
el pánico entre los godos; pero bien pronto, retomando el coraje y
animándose los unos a los otros, según su costumbre, pusieron en
fuga a casi todo el ejército de Estilicón, lo persiguieron y lo
aniquilaron: en el furor que los poseía, abandonaron su ruta y,
volviendo sobre sus pasos, entraron en Liguria. Después de haber
hecho un rico botín, asolaron también la provincia de Emilia; y,
recorriendo la vía Flaminia entre el Piceno y la Toscana, devastaron
todo lo que se encontraba a su paso, de un lado y de otro, hasta
Roma. Entraron, en fin, a esta ciudad, y Alarico dejó pillarla; pero
la defendió de ponerle fuego, como es habitual entre los paganos,
así como de hacer daño alguno a aquellos que se encontrasen
refugiados en las iglesias de los santos. Los godos, dejando Roma,
llegaron a Bruttium, pasando por la Campania y la Lucania, donde
cometieron igualmente destrozos. Después de estar detenidos un
tiempo, resolvieron pasar a Sicilia, y, desde allá, al Africa…
pero, algunos proyectos que realiza el hombre no se realizan sin la
voluntad de Dios: en el tormentoso estrecho muchos de sus veleros se
hundieron, y otros, en gran número, se dispersaron; y mientras que,
obligado a retroceder, Alarico deliberaba acerca de qué iba a hacer,
la muerte lo sorprendió de golpe, y se lo llevó de este mundo. Los
godos, llorando a su amado jefe, desviaron de su lecho al río
Barentius, cerca de Cosentia; ya que este río corre al pie de una
montaña y baña a esta ciudad con sus aguas bienhechoras. Al medio de
su lecho hicieron excavar, a una tropa de cautivos, un lugar para
inhumarlo, y al fondo de esta fosa, enterraron a Alarico con una
gran cantidad de objetos preciosos. Después, llevaron de nuevo las
aguas a su lecho primitivo; y para que el lugar donde estaba su
cuerpo no pudiera ser jamás conocido por nadie, mataron a todos los
sepultureros.

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