Brujería en Islandia

Holmavik , la ciudad de los brujos

Holmavik

La región islandesa de Strandir, en los fiordos occidentales,
siempre fue una zona aislada. Esta situación le permitió mantener
ciertas tradiciones vikingas mezcladas con la magia europea. En
Holmavik, uno de los principales pueblos de Strandir, visitamos una
interesante exposición sobre el fenómeno de la brujería en la
Islandia del siglo XVII. A la entrada de la exposición, en el centro
cultural del pueblo, un mapa muestra los lugares de Islandia donde
se sabe que había brujos.

Aquí hay que usar sobre todo el término masculino, ya que al parecer
hubo pocas brujas, a pesar de la tradición vikinga del seidr, magia
chamánica practicada por las mujeres vikingas. Aquellos brujos se
concentraban sobre todo en esta región de los fiordos occidentales,
un lugar muy aislado (todavía lo está), donde las tradiciones
permanecieron vigentes durante más tiempo que en otros lugares; al
menos hasta que llegó el luteranismo dispuesto a barrer
definitivamente todo lo que oliese a paganismo, satanismo o
similares, incluyendo aquel sincretismo de catolicismo y brujería
que todavía se mantenía vivo en Strandir.

Cuatro hogueras dibujadas en el mapa simbolizan los lugares donde
fueron quemados aquellos a quienes se encontró culpables. Como
sucedió en Europa, los motivos más habituales para incurrir en
brujería eran la sospecha de producir enfermedades en otras personas
o en el ganado, así como la posesión de grimorios o cualquier otro
símbolo mágico que se grababa sobre tablillas.

Todo eso equivalía a cometer blasfemia, herejía o satanismo, incluso
en el caso de que los amuletos se usaran para curar personas o
proteger el establo. En total hubo 130 juicios, con 170 personas
acusadas (sólo un 10% de mujeres), de las cuales 21 (un porcentaje
relativamente bajo) fueron condenadas a la hoguera. Los nombres de
estas víctimas están escritos en otro panel de la exposición: desde
Jon Rognvaldsson (1625), acusado de conjurar a un fantasma y por
tenencia de papeles con símbolos rúnicos, hasta Halldor Finnbogason
(1685), condenado por blasfemia.

A lo largo de las paredes de la sala se suceden objetos relacionados
con la brujería. Sobre todo, se trata de pieles o papeles con
símbolos mágicos dibujados, libritos con fórmulas secretas y tiras
de papeles con una minúscula caligrafía en un lenguaje extraño. Los
grimorios o símbolos mágicos solían emplearse para proteger al
ganado, conseguir que una mujer quedase embarazada, descubrir a un
ladrón, hacer un buen negocio, contra la brujería de otros o incluso
para tener buenos sueños. Los usos más oscuros incluían conseguir
riquezas, controlar el clima, propagar enfermedades, volverse
invisible o levantar a un muerto de su tumba.

También hay algunos símbolos que se grababan en el fondo de los
barriles, pero sobre los cuales no ha quedado ninguna constancia de
su significado. En la exposición también hay un cuervo, pájaro
asociado al dios Odín, con una goldrastafir (tablilla con runas) en
el pico; o un esqueleto que emerge del suelo con una tablilla en la
mano, donde está dibujado un uppvakningur, un círculo con signos
inscritos.

Nabrokarstafur

Pero tal vez lo más curioso entre las piezas expuestas sea el
nabrokarstafur, que podría traducirse como «necrocalzones». Se trata
de una prenda fabricada con la piel de la parte inferior de un
cadáver desenterrado, con órganos sexuales incluidos. Dicha prenda
debía llevarse puesta hasta que supuestamente pareciese una segunda
piel.

Nekrocalzones?

En el escroto se adhería un trozo de piel de animal donde se
dibujaban determinados conjuros rúnicos, y una moneda robada a una
viuda pobre. A este siniestro atuendo se atribuía el don mágico de
que constantemente cayesen monedas desde el escroto. Si en aquellos
tiempos hubieran tenido televisión basura, no hubieran necesitado
hacer este tipo de cosas para ganarse la vida sin dar golpe.

También estaban «las ruedas de protección». Estos conjuros rúnicos
con dibujos y formas simétricas, que podían ir bordados sobre la
ropa o ser grabados en las puertas de las casas, eran más tolerados.
La mayoría de ellos tenían una función protectora, como los
verndarrun (un anillo central del que parten cuatro ejes que
terminan en sendas horquillas), cuya variante más conocida es el
aegishjalmur, que servía tanto para proteger las propiedades como
para desviar cualquier infortunio y propiciar la buena suerte. En la
guerra podría infundir el terror en el corazón del enemigo por
contener el poder de la serpiente.

Sus distintos elementos estaban diseñados para almacenar energía y
evitar que se diluyera; y para activarla y amplificarla cuando fuese
preciso. También tenía la capacidad de defender de la energía
negativa que llegara desde el exterior y devolverla a quien la
hubiese enviado.

Este símbolo tiene una larga historia y algunos expertos aseguran
que está relacionado con la idea del tercer ojo y la glándula
pineal. Otros piensan que es una prueba indiscutible del mestizaje
que se produjo entre paganismo y cristianismo, ya que la forma
básica es una cruz con el anillo solar, una imagen también usada por
los celtas como protección.

Quienes se dedicaban a estas artes secretas solían ser gente culta,
educada en Dinamarca. Sin embargo, en Islandia el pensamiento mágico
tuvo una expresión propia, diferenciada de la brujería europea de
aquellos turbulentos tiempos, seguramente por su mezcla con muchos
elementos de la tradición chamánica vikinga, prácticamente perdida
en el resto de Escandinavia.

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